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Animales Clásicos

El patito feo

El Patito Feo Cuento. En la granja había un gran alboroto: los polluelos de Mamá Pata estaban rompiendo el cascarón.

Uno a uno, comenzaron a salir. Mamá Pata estaba tan emocionada con sus adorables patitos que no notó que uno de sus huevos, el más grande de todos, permanecía intacto.

A las pocas horas, el último huevo comenzó a romperse. Mamá Pata, todos los polluelos y los animales de la granja, se encontraban a la expectativa de conocer al pequeño que tardaba en nacer. De repente, del cascarón salió un patito muy alegre.

Cuando todos lo vieron se quedaron sorprendidos, este patito no era pequeño ni amarillo y tampoco estaba cubierto de suaves plumas. Este patito era grande, gris y en vez del esperado graznido, cada vez que hablaba sonaba como una corneta vieja.

Aunque nadie dijo nada, todos pensaron lo mismo: “Este patito es demasiado feo”.

Pasaron los días y todos los animales de la granja se burlaban de él. El patito feo se sintió muy triste y una noche escapó de la granja para buscar un nuevo hogar.

El patito feo recorrió la profundidad del bosque y cuando estaba a punto de darse por vencido, encontró el hogar de una humilde anciana que vivía con una gata y una gallina. El patito se quedó con ellos durante un tiempo, pero como no estaba contento, pronto se fue.

Al llegar el invierno, el pobre patito feo casi se congela. Afortunadamente, un campesino lo llevó a su casa a vivir con su esposa e hijos. Pero el patito estaba aterrado de los niños, quienes gritaban y brincaban todo el tiempo y nuevamente escapó, pasando el invierno en un estanque pantanoso.

Finalmente, llegó la primavera. El patito feo vio a una familia de cisnes nadando en el estanque y quiso acercárseles. Pero recordó cómo todos se burlaban de él y agachó la cabeza avergonzado. Cuando miró su reflejo en el agua se quedó asombrado.

Él no era un patito feo, sino un apuesto y joven cisne. Ahora sabía por qué se veía tan diferente a sus hermanos y hermanas. ¡Ellos eran patitos, pero él era un cisne! Feliz, nadó hacia su familia.

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Niños

Las arrugas

Amor a los abuelos

Enseñanza: Un pequeño homenaje a los abuelos, que siempre están dispuestos a pasar el tiempo con los niños.

Ambientación: Una familia normal.

Personajes: Un abuelo y su nieta Era un día soleado de otoño la primera vez que Bárbara se fijó en que el abuelo tenía muchísimas arrugas, no sólo en la cara, sino por todas partes.

– Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas.

El abuelo sonrió, y un montón de arrugas aparecieron en su cara.

– ¿Lo ves? Tienes demasiadas arrugas
– Ya lo sé Bárbara. Es que soy un poco viejo… Pero no quiero perder ni una sola de mis arrugas. Debajo de cada una guardo el recuerdo de algo que aprendí.

A Bárbara se le abrieron los ojos como si hubiera descubierto un tesoro, y así los mantuvo mientras el abuelo le enseñaba la arruga en la que guardaba el día que aprendió que era mejor perdonar que guardar rencor, o aquella otra que decía que escuchar era mejor que hablar, esa otra enorme que mostraba que es más importante dar que recibir o una muy escondida que decía que no había nada mejor que pasar el tiempo con los niños…

Desde aquel día, a Bárbara su abuelo le parecía cada día más guapo, y con cada arruga que aparecía en su rostro, la niña acudía corriendo para ver qué nueva lección había aprendido. Hasta que en una de aquellas charlas, fue su abuelo quien descubrió una pequeña arruga en el cuello de la niña:

– ¿Y tú? ¿Qué lección guardas ahí?

Bárbara se quedó pensando un momento. Luego sonrió y dijo

– Que no importa lo viejito que llegues a ser abuelo, porque…. ¡te quiero!

Un minuto para pensar…

¿Cómo tratas a tus abuelos y otras personas mayores? ¿Has pensado alguna vez cómo fueron ellos de niños? Muchos abuelos ya no pueden correr ni jugar como antes, pero han vivido tanto que saben muchas historias ¿Les has pedido alguna vez que te las cuenten?¿Ereas capaz de escucharlas hasta el final?

Una buena conversación

Para los niños es importante conocer sus raíces. Cuéntale a tu hijo historias de los distintos miembros de la familia, de dónde proceden sus abuelos y bisabuelos, etc… Como le costará fijar su atención, puedes ayudarte de fotos y objetos familiares antiguos que despierten su curiosidad.

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Animales

El peor perro guardián del mundo

Esfuerzo e ingenio

Enseñanza: Las cosas buenas se consiguen con esfuerzo. Elegir hacer solo las cosas más fáciles suele terminar en problemas.

Ambientación: Una pequeña ciudad.

Personajes: Un perro y un ladrón
El peor perro guardián del mundo vigilaba un precioso palacete a las afueras de la ciudad. Se hizo famoso no porque no ladrara a los ladrones, que no lo hacía, sino porque, al ver a alguien con aspecto de delincuente, le abría la verja y le invitaba a pasar.

Así, con la ayuda de la oscuridad, casi todas las noches podía verse alguna sombra entrar al palacete y salir poco después cargada con sacos llenos de joyas y objetos de valor. El rumor de una casa llena de riquezas tan fácil de robar se extendió entre los ladrones de la zona, y estos incluso crearon un listado para reservar la fecha en que podría ir cada uno.<br><br/>

El encargado de hacer la lista y controlarla era Pocopaco, un joven ladrón con cara de tontorrón. No llevaba la lista por ser el jefe, claro, sino porque como después del robo cada ladrón desaparecía durante algún tiempo, solo podía llevarla el último en robar. Y ese puesto le había tocado a Pocopaco por ser el más tonto del grupo. Pero el pobre Pocopaco no le daba importancia y esperaba con ilusión el día en que le llegase el turno.

La noche en que por fin le tocaba robar a Pocopaco, este se acercó caminando al palacete, pero cuando se disponía a cruzar la puerta, por primera vez el peor perro guardián del mundo se puso a ladrar con fuerza.

– Está bien, está bien, Sansón. Esta noche me quedaré contigo y no saldré con ningún saco. Ya los hemos atrapado a todos.

Y es que Pocopaco no era ningún ladrón, y mucho menos tonto, sino el nuevo jefe de policía de la ciudad. Este, aprovechando que los ladrones se dedicaban a robar porque no querían esforzarse trabajando, les había tendido una trampa poniéndoles tan fácil robar aquella casa que no se habían podido resistir.

Y cuando cada noche entraba un nuevo ladrón, pensando que iba a ser el robo más fácil de su vida, era detenido al instante por un montón de policías. Y al rato era el mismo Pocopaco quien salía de la casa cargado con el saco, haciendo creer a todos que el robo había sido un éxito y se habían escapado con el botín.

Y así fue, pasando una temporada en la cárcel, como aquellos ladrones descubrieron que cuanto mejor es algo, normalmente cuesta más esfuerzo conseguirlo, y no al revés.

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Fantasía

Fip, el dragón sin fuego y sin llamas

Amistad y amor

Enseñanza: La capacidad de amar no se gasta con el uso, sino que crece, mientras que el odio lo llena todo.

Ambientación: Una antigua tierra de dragones.

Personajes: Un dragón y sus amigos
Fip era un dragón diferente. No tenía el aspecto terrorífico de sus primos y hermanos. Siempre estaba alegre y de buen humor. Y no escupía fuego. Y es que Fip, al contrario que todos los demás dragones, tenía corazón. Era tan chiquitito que nadie sabía que lo tenía, y lo reservó para poder querer a un amigo.

Por miedo a que se le llenara un corazón tan pequeño, eligió hacerse amigo de una hormiga. Se sintió feliz teniendo una amiga, y resultó que aún le quedaba libre un pedacito de corazón.

Lo usó para hacerse amigo de un ratoncillo, que tampoco lo gastó del todo, y detrás le siguieron un pájaro, una liebre, una oveja, un oso y otros animales. Fip empezó a sospechar que el cariño por sus amigos nunca llenaría su corazón, y dejó de preocuparse por su tamaño. Hizo tantos amigos como pudo y se convirtió en un dragón feliz.

Lo que no sabía Fip era que, igual que el odio encoge los corazones, el amor los agranda. Su corazón creció tanto que los demás dragones terminaron por descubrirlo. Llenos de rabia y envidia lo encadenaron para abrasarlo.

Mientras las cadenas lo sujetaban para que no volara más que unos metros, decenas de dragones lo rodearon listos para lanzar sus llamas. Fip pensó en sus amigos y la pena que sentirían por él, y decidió luchar. Cerró los ojos y con todas sus fuerzas trató de lanzar la primera bocanada de fuego de su vida…

No lo consiguió. Él no escupía fuego. Pero un ruido como de agua le hizo abrir los ojos. A su alrededor los dragones miraban asombrados y empapados. De la boca de Fip había surgido un río más poderoso que el fuego de mil dragones. Sorprendido, volvió a intentar escupir agua, pero esta vez surgieron rayos que rompieron sus cadenas.

Al tercer intento sopló un viento envuelto en aromas de flores que secó a los dragones y arregló el desastre causado por su río. Ante el asombro general, Fip siguió soltando por su boca todo tipo de regalos y bendiciones, tan poderosos que lo convirtieron en el rey de las montañas.

Así fue como los dragones descubrieron que tenían un corazón diminuto y lleno de ira que solo escupía fuego. Pero ahora, gracias a Fip, sabían que podía escupir cualquier cosa. Solo había que vaciarlo de odio y de rabia para poder llenarlo de amigos.

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Niños

Un videojuego para valientes

Moderación

Enseñanza: Pasar excesivo tiempo jugando a videojuegos puede provocar daños a largo plazo.

Ambientación: Un videojuego.

Personajes: Un niño, su tablet y un juego Adrián era el rey de los videojuegos, el más rápido con un tablet en la mano. Pasaba horas ante la pantalla, y esperaba las vacaciones para poder probar su nuevo juego. Según decían, su último nivel era el mejor que se había hecho nunca y, tras pasar días jugando, consiguió alcanzarlo. Al momento, luces y sonidos de fiesta lo rodearon, una niebla blanca lo cubrió todo y, en mitad del espectáculo… ¡el tablet tomó vida y se lo tragó!

Cuando se recuperó, Adrián estaba dentro del videojuego, y usaba su tablet para moverse a sí mismo. Emocionado, esperaba enfrentarse a los peores rivales. Sin embargo, su primer rival era un muro de cristal que no hacía nada. Adrián tocó su tablet para destrozar el muro pero, nada más tocarlo, una fuerza invisible lo levantó por los aires y comenzó a aplastarlo una y otra vez contra el cristal.

Adrián movía sus ágiles dedos sobre la superficie del tablet para liberarse, pero cuanto más lo intentaba, más golpes recibía. Él nunca se rendía, hasta que tras horas de golpes no pudo más y arrojó el tablet al suelo. Este se partió en mil pedazos, y al instante lo mismo ocurrió con el cristal. Sin el cristal, Adrián pudo descubrir una máquina para tratarlo como si fuera uno de sus propios dedos, programada simplemente para repetir sus movimientos.

– ¡Vaya!- se dijo – nunca había pensado lo mucho que hago sufrir a mis dedos mientras juego…

Dolorido y cansado, decidió seguir adelante. Al poco, quedó atrapado en una extraña pompa de jabón. La pompa voló hasta un lugar con mil luces brillantes, y allí se volvió loca, moviéndose sin control. Adrián disfrutó rebotando y dando vueltas en su interior, pero después empezó a cansarse. Al final, tantas luces y movimientos se le hicieron imposibles de aguantar.

Cuando ya no pudo más, Adrián cerró los ojos y se puso a llorar. Entonces cesaron las luces, la pompa se inundó, y el agua lo arrastró fuera. Mientras se alejaba, Adrián pudo descubrir que aquella pompa era simplemente uno de sus propios ojos.

– ¡Vaya! – se dijo – nunca había pensado lo mucho que hago sufrir a mis ojos mientras juego…

Todavía secándose las lágrimas, Adrián llegó a un parque precioso, con columpios, toboganes y todo tipo de diversiones, en el que otros niños jugaban y lo invitaban a entrar.

-¿Dónde está la trampa? – preguntó.

– En que no puedes jugar solo – le respondieron – si te quedas solo, desapareces.

Adrián se unió al resto de niños. Jugaron tantísimo tiempo que se olvidó de todos sus dolores, y se hizo muy amigo de todos. Sin duda fue la mejor parte del videojuego.

– ¡Vaya! – se dijo en voz alta- nunca pensé que jugar en un parque pudiera ser tan divertido.

Nada más decir esas palabras, todo desapareció, y se oyó una gran voz.

– ¡Has ganado! ¡Has completado el último nivel! ¡Fuera de aquí!

Adrián salió disparado del tablet, yendo a caer de nuevo en el sillón de su casa. Había sido toda una aventura y tenía ganas de repetir. Pero entonces se acordó de sus sufridos dedos, de sus doloridos ojos, y de lo bien que se lo había pasado en el parque jugando con los otros niños… y prefirió llamar a sus amigos para salir un rato a jugar.

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Animales

Las interminables obras de Ratonville

Fidelidad, compromiso y constancia

Enseñanza: Todas las mejoras importantes suceden tras un periodo de crisis e incertidumbre. Abandonar entonces impide ver los avances y solo produce frustración.

Ambientación: Una pequeña ciudad de ratones.

Personajes: Varias parejas de ratones y sus casas
Ratonville estaba en problemas. 50 parejitas de ratones habían fundado la ciudad, y vivían en sus 50 preciosas casitas. Pero con el tiempo las casitas se habían ido quedando pequeñas. Acumulaban recuerdos de viajes, nacían pequeños ratoncitos o, simplemente, se volvían más gorditos. Y llegaba el momento de tomar una decisión: o hacían la casa más grande, o cada uno tendría que irse a una nueva casita y empezar de cero por separado.

Pero lo de hacer la casa más grande parecía imposible. En cuanto comenzaban las obras todo se llenaba de polvo y suciedad, no había sitio para nada, y la casa resultaba aún peor que la que tenían. Ninguna parejita de ratones era capaz de aguantar aquello por mucho tiempo, y por eso terminaban abandonando su casa en obras. Así fue como Ratonville empezó a parecer un pueblo fantasma lleno de casas vacías a medio arreglar…

Solo los locos de los Ratúnez seguían de obras. Ellos fueron de los primeros en comenzarlas y nunca las habían terminado. Es más, desde fuera, su casa parecía la peor, siempre rodeada de grúas, telas, escombros y suciedad. Tan horrible era, que sus vecinos les aconsejaban:

– Deberíais dejarlo ya y reconocer que esta casa no tiene arreglo. Con lo fácil que sería empezar cada uno en su nueva casita…

Y la verdad es que los Ratúnez estaban hartos de obras, y ni siquiera sabían si las acabarían algún día. Cuando no fallaba una cosa, fallaba la otra. Pero aquella era su casita, en la que habían vivido tantas cosas juntos, y no querían renunciar a ella tan fácilmente. Pronto la suya se convirtió en la única casa habitada entre tantas fantasmales casas abandonadas.

Aquella zona de la ciudad no tardó en ser olvidada, y con ella los Ratúnez. Hasta que, tiempo después, la pequeña de los Rattison alertó a todos, emocionada.

– ¿Habéis visto qué casa más increíble hay al otro lado de la colina? ¡Es lo más requetechupirratuno del mundo!

Se refería, por supuesto, a la casa de los Ratúnez, quienes por fin habían conseguido terminar las obras. Su casa era espectacular, más allá de los sueños de cualquier pareja de ratones, y los Ratúnez se veían los más felices de los habitantes de Ratonville. Llegaron a ser muy conocidos y queridos en la ciudad, pues su casa siempre tenía el sitio perfecto para cualquier fiesta o celebración.

Años más tarde, muchos comentaban la suerte de los Ratúnez por tener aquella casa. Y solo los que conocían la historia respondían:

– La verdad es que lo suyo no tuvo nada que ver con la suerte, sino con algo mucho más simple: tener confianza y paciencia para acabar lo que todos los demás dejamos a la mitad.

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Animales

A gritos con los mosquitos

Calma y autocontrol

Enseñanza: Los gritos estropean el ambiente familiar; con un poco de calma se pueden conseguir muchas más cosas.

Ambientación: Un hogar moderno.

Personajes: Un padre, una madre, su hija y unos mosquitos La casa de los señores Gri Tonzio era una casa de locos. La mamá, la señora Bocca Gri Tonzio, era incapaz de pedir algo sin alzar la voz. Pero sus gritos parecían susurros al lado de los de su hija, la pequeña Chilla Gri Tonzio: la gente decía que había hecho huir a todas las cucarachas y bichos del pueblo con un único chillido. No creo que estuvieran exagerando, porque la verdad es que nadie podía descansar hasta que la niña se dormía: todo lo pedía a gritos. Y luego estaba el papá, don Cayo Gri Tonzio, un magnífico inventor chiflado que no había inventado nada en años. Normal; con tanto ruido, no podía concentrarse.

Por eso tuvo que inventar los mosquizampa: unos increíbles mosquitos modificados genéticamente para comerse los gritos. Funcionaban tan bien, que nadie se enteró el día que los inventó: se tragaron todos sus gritos de alegría, y fue como si no hubiera pasado nada. Eso sí, los gritos están hechos de aire y alimentan poco, así que los mosquizampa no tardaron es escaparse en busca de comida. Pero no tuvieron que viajar mucho, porque en la planta de abajo encontraron a Bocca y Chilla, y solo con los gritos de la madre y la niña tenían para ponerse gordos como moscas.

Se pegaban por comerse sus gritos casi antes de que salieran de sus bocas, así que durante días nadie les oyó decir una sola palabra. La gente solo las veía rodeadas por una nube de mosquitos, y haciendo como que gritaban furiosas.

– Pobrecitas – pensaban- al final se han quedado sin voz.

– Pues es un descanso para todos. No hay quien aguante su forma de decir las cosas.

Pero sus gargantas estaban perfectas. La propia Chilla lo descubrió cuando comenzó a quedarse sin fuerzas después de varios días sin comer. Nadie sabía que tenía hambre, porque pedía la comida con gritos tan brutales que los mosquizampa que los probaban se morían del empacho.

– Tengo hambre – dijo muy bajito, ya casi sin fuerzas.

– Vaya, ¡qué voz tan bonita tienes! – dijo la vecina, mientras le hacía un bocadillo – nunca te había oído hablar.

Aliviada, Chilla descubrió que, cuando hablaba más bajo, las palabras salían perfectas de su boca, la gente admiraba su bella voz y todos la trataban de una forma mucho más amable. Y es que, hasta ese día, la gente solo le hacía caso de mala gana para que se callara. Cuando se lo contó a su mamá, esta también dejó de gritar, y ambas comprobaron felices que la vida podía ser más alegre y tranquila. Incluso el señor Cayo Gri Tonzio, gracias a aquella nueva calma, pudo comenzar una increíble colección de inventos que llegó a ser famosa en todo el mundo.

¿Y los mosquizampa? Bueno, cuando Chilla y Bocca dejaron sus gritos, adelgazaron hasta hacerse casi invisibles. A punto estuvieron de morir de hambre, pero pronto descubrieron que el mundo está lleno de gente gritona y nunca les faltará comida. Eso sí, espero que vosotros seáis listos y no sean vuestros gritos los que los alimenten…

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Navidad

¡Santa me ha robado!

Desprenderse de lo material

Enseñanza: Se consigue más satisfacción, y más verdadera, al dar algo a los demás que al recibirlo.

Ambientación: Un lugar en el Polo Norte.

Personajes: Un marciano, Santa Claus y unos niños

 

Marcianoto llegó volando en su nave espacial. Estaba emocionado porque por fin había obtenido permiso para visitar la Tierra de nuevo. Ya había estado antes, pero la última vez montó un lío tremendo: se había transformado en un tipo llamado Albert Einstein y en unos pocos días reveló muchos secretos de los extraterrestres. Por eso llevaba años castigado sin volver.

Esta vez tendría mucho más cuidado. Para no transformarse en nadie conocido decidió aterrizar en el lugar más apartado del planeta. Era un lugar frío y blanco en el que solo había una casa, y dentro pudo ver a un anciano solitario.

– Me transformaré en este anciano. Este sí es imposible que sea famoso. Además, me encantan su traje rojo, su gran barba blanca, y ese saco enorme que tiene a su lado. Me servirá para guardar algunas cosas.

Pero en cuanto llegó a la ciudad un gran grupo de niños se abalanzó sobre él.

– ¡Quiero mi coche!

– ¡A mí dame una muñeca!

– ¡Yo quiero una consola!

Marcianoto estaba rodeado y asustado. No sabía qué estaba ocurriendo, y solo se le ocurrió ir sacando lo que llevaba en el saco para dárselo a los niños, que se marchaban felices. Pero la fila de niños era tan larga que pronto se quedó sin nada que darles, y tuvo que salir corriendo y esconderse.

Solo cuando se hizo de noche pudo salir. Estaba aterrado. No sabía cómo, pero estaba claro que había vuelto a elegir mal en quién se transformaba. ¡Otra vez!

– No me extraña que ese viejo viviera solo y escondido. Debe ser un famoso sinvergüenza ¡Le debe cosas a todo el mundo!

Así que volvió a la casa del anciano. Espió desde la ventana y descubrió una enorme montaña de juguetes.

– ¡Ahí es donde tiene las cosas que quita a los niños este viejo malvado! -pensó.

Y esperó a que se hiciera de noche y el anciano se fuera a dormir para entrar sin ser visto y llevarse los juguetes ¡Qué suerte! El viejo ponía etiquetas con los nombres, y hasta tenía una lista de nombres y direcciones.

– Por fin voy a poder hacer algo bueno en la Tierra. Llevaré cada uno de estos juguetes a su dueño.

Aunque eran muchos niños, su nave tenía supervelocidad y podía empequeñecerse. Por eso consiguió devolver todos los regalos antes de que fuera de día. Cuando terminó y se dispuso a dormir en su nave, se sentía contentísimo de haber hecho justicia.

– Menuda sorpresa se va llevar ese viejo ladrón…

Pero la sorpresa se la llevó Marcianoto cuando despertó. El viejo volvía a tener una montaña de juguetes en su casa.

– Ah, este ladrón es astuto, malvado y muy rápido. No sé cómo habrá recuperado todos los juguetes en un día, pero da igual: esta noche volveré a dejárselos a sus dueños.

Y pasó la noche repartiendo juguetes. Pero al día siguiente pasó lo mismo, y al otro lo mismo y así durante muchos días más. Marcianoto estaba extrañadísimo: ¿Cómo podía aquel viejo gordinflón robar tan rápido?

– Ya sé – pensó – debe tener cómplices en la ciudad que le ayudan. Iré allí disfrazado para descubrir qué pasa. Buscaré a quienes tengan peor cara; seguro que esos serán sus malvados compinches.

Pero en la ciudad todo el mundo estaba feliz. Y es que todas aquellas noches Marcianoto había estado haciendo de Santa Claus con su nave, repartiendo regalos. Y cada mañana los niños se despertaban con un nuevo juguete.

– ¿De verdad que nadie os roba los juguetes? – preguntó a varios niños.

– ¡Claro que no! Estos nos los trae Santa Claus.

– ¿Santa Claus? ¿Y es quién es?

– ¿Pero quién eres tú que no sabes quién es Santa Claus? ¿Un marciano? ja, ja, ja- le respondieron. Y entonces le explicaron que Santa Claus era un señor mayor con una gran barba blanca y un traje rojo, y que dejaba regalos a los niños la noche de navidad.

Marcianoto se moría de vergüenza. No solo había tomado a Santa Claus por un malvado delincuente, sino que encima ¡le había estado robando los juguetes! Volvió volando a la casa del anciano a disculparse, pero lo encontró muy enfermo. Santa Claus utilizaba su magia para volver a crear los juguetes, y al haberlo hecho tantos días seguidos se había quedado tan débil que ya no podía moverse.

¿Qué podría hacer? ¡Aquella misma noche era Navidad y Santa Claus no iba a repartir regalos! Marcianoto pensó rápido: hizo un vídeo de Santa Claus enfermo y usando la antena de su nave lo envió a todas las televisiones del mundo con un mensaje: había que devolver todos los regalos de aquellos días para que Santa Claus pudiera recuperar su magia y ponerse bueno.

Siempre pensamos que va a pasar algo que lo arregle todo. Y eso esperaba el pobre Marcianoto. Pero aquella vez nadie pudo arreglar nada: nadie se creyó el mensaje y Santa Claus no pudo entregar sus regalos.

Marcianoto pasó el día cuidando de Santa Claus. Anochecía cuando llamaron a la puerta. Era una niña que traía todos sus regalos.

– Me dan igual los regalos – dijo con una lagrimita-. Lo que quiero es que Santa Claus se ponga bueno.

-Yo también – dijo otro niño que venía a la cabeza de un grupo.

– Y yo… y yo…

Poco a poco fueron apareciendo niños y más niños, todos dispuestos a devolver hasta el último de sus regalos. La fila era interminable. Llegaban de todas partes y, según cruzaban la puerta, sus regalos desaparecían y Santa Claus se ponía un poco mejor. Cuando el último niño dejó sus juguetes, Santa Claus se pudo levantar y todos aplaudieron llenos de alegría. Parecía que nunca habían estado tan contentos.

Sin embargo, Marcianoto se sentía fatal.

– Lo siento muchísimo – dijo-. Al final por mi culpa todo el mundo se ha quedado sin regalos…

Se hizo un gran silencio y todos miraron al extraterrestre.

– ¡Qué va! -dijo finalmente una niña- Yo nunca había estado tan contenta en navidad. He podido curar a Santa Claus y ser yo la que le llevaba los regalos. Y ahora estoy segura de que es mucho mejor dar regalos que recibirlos.

Y entre risas y aplausos todos estuvieron de acuerdo en que esa lección era el mejor regalo que podían haber tenido ese año.

Un minuto para pensar…

Al final los niños descubren que se siente mejor habiendo hecho algo por Papá Noel que recibiendo regalos ¿Has probado a regalar algo que te gustaba a otra persona? ¿Qué cosas tienes tú que podrían hacer felices a otros? Seguro que te costará hacerlo, pero no dejes de regalar alguna de ellas para probar qué se siente al hacer feliz a alguien con un regalo

Una buena conversación

Todos hemos comprobado alguna vez que regalar lo que más nos gusta (incluido nuestro tiempo) cuesta, pero nos hace sentir bien. Comparte con tu hijo alguna ocasión en que te costó desprenderte de algo y lo que hiciste para terminar de decidirte, y cómo te sentiste después. Comenta también con tu hijo cómo te hayas sentido alguna vez que tuviste la intención de hacer un acto muy generoso pero no llegaste a completarlo.

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Fuera de Casa

Misterio en la biblioteca

📙 Afición a leer 📙

Enseñanza: Para descubrir la afición de leer basta con empezar a leer buenas historias, aunque se empiece sin muchas ganas

Ambientación: Una biblioteca

Personajes: Un malvado muy tonto

📙 Alguien estaba matando libros. Cada mañana aparecía un nuevo libro abierto en la biblioteca, con todas sus hojas completamente en blanco. Nadie sospechaba que el asesino era el malvado Zepo Rete, quien por la noche vaciaba los libros con un aspirador de letras. Luego las llevaba sigiloso hasta su guarida, donde con un increíble exprimidor de palabras elaboraba una especie de zumo mágico.

Y es que Zepo Rete siempre había sido muy malo, pero también muy tonto, y cuando se enteró de que los libros hacían a las personas más listas, decidió exprimirlos para bebérselos, y así volverse listo.

Pero los libros no se beben, ni se mastican, sino que necesitan ser leídos, y cuando Zepo Rete comenzó a beber sus zumos de libro, se llenó de historias y palabras que necesitaban ser leídas. Y las palabras, que sí son muy listas, descubrieron que solo podrían ser leídas si viajaban por el cuerpo hasta llegar a la piel de Zepo Rete, que se convirtió en un inmenso tatuaje lleno de miles de letras.

Probó con cientos de jabones y lejías antes de descubrir que la única forma de quitarse las letras era leyéndolas. Así que, aunque no quería leer ni una palabra, no le quedó otro remedio, y leyó su propia piel durante semanas y semanas para librarse de todos aquellos libros que había matado.

Entonces, ¿así es como terminó el misterio del asesino de libros? ¡Nada de eso! Aún hoy cada mañana sigue apareciendo un nuevo libro vacío en la biblioteca, sin que nadie sepa cómo ni por qué.

¿Lo adivináis? Pues sí, sigue siendo Zepo Rete, que continúa aspirando sus letras y bebiendo su zumo, pues ha descubierto que nada le gusta más que leer todos esos libros sobre su piel. Y, como es verdad que se ha vuelto mucho más listo, sigue exprimiendo libros cada noche sin que nadie le pille…

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Fuera de Casa

Una playa con sorpresa

🏝 Actitud positiva 🏝

Enseñanza: Se puede tener buen carácter a pesar de las dificultades o aunque nos ocurran cosas que nos disgustan

Ambientación: Una playa

Personajes: Una niña y un cangrejo

🏝 No había nadie en aquella playa que no hubiera oído hablar de Pinzaslocas, terror de pulgares, el cangrejo más temido de este lado del mar. Cada año algún turista despistado se llevaba un buen pellizco que le quitaba las ganas de volver. Tal era el miedo que provocaba en los bañistas, que a menudo se organizaban para intentar cazarlo. Pero cada vez que creían que lo habían atrapado reaparecían los pellizcos unos días después, demostrando que habían atrapado al cangrejo equivocado.

El caso es que Pinzaslocas solo era un cangrejo con muy mal carácter, pero muy habilidoso. Así que, en lugar de esconderse y pasar desapercibido como hacían los demás cangrejos, él se ocultaba en la arena para preparar sus ataques.Y es que Pinzaslocas era un poco rencoroso, porque de pequeño un niño le había pisado una pata y la había perdido. Luego le había vuelto a crecer, pero como era un poco más pequeña que las demás, cada vez que la miraba sentía muchísima rabia.

Estaba recordando las maldades de los bañistas cuando descubrió su siguiente víctima. Era un pulgar gordísimo y brillante, y su dueño apenas se movía. ¡Qué fácil! así podría pellizcar con todas sus fuerzas. Y recordó los pasos: asomar, avanzar, pellizcar, soltar, retroceder y ocultarse en la arena de nuevo. ¡A por él!

Pero algo falló. Pinzaslocas se atascó en el cuarto paso. No había forma de soltar el pulgar. El pellizco fue tan fuerte que atravesó la piel y se atascó en la carne. ¿Carne? No podía ser, no había sangre. Y Pinzaslocas lo comprendió todo: ¡había caído en una trampa!

Pero como siempre Pinzaslocas estaba exagerando. Nadie había sido tan listo como para prepararle una trampa con un pie falso. Era el pie falso de Vera, una niña que había perdido su pierna en un accidente cuando era pequeña. Vera no se dio cuenta de que llevaba a Pinzaslocas colgado de su dedo hasta que salió del agua y se puso a jugar en la arena. La niña soltó al cangrejo, pero este no escapó porque estaba muerto de miedo. Vera descubrió entonces la pata pequeñita de Pinzaslocas y sintió pena por él, así que decidió ayudarlo, preparándole una casita estupenda con rocas y buscándole bichitos para comer.

¡Menudo festín! Aquella niña sí sabía cuidar a un cangrejo. Era alegre, divertida y, además, lo devolvió al mar antes de irse.

– Qué niña más agradable -pensó aquella noche- me gustaría tener tan buen carácter. Si no tuviera esta patita corta…

Fue justo entonces cuando se dio cuenta de que a Vera no le había vuelto a crecer su pierna, y eso que los niños no son como los cangrejos y tienen solo dos. Y aún así, era un encanto. Decididamente, podía ser un cangrejo alegre aunque le hubieran pasado cosas malas.

El día siguiente, y todos los demás de aquel verano, Pinzaslocas atacó el pie de Vera para volver a jugar todo el día con ella. Juntos aprendieron a cambiar los pellizcos por cosquillas y el mal carácter por buen humor. Al final, el cangrejo de Vera se hizo muy famoso en aquella playa aunque, eso sí, nadie sospechaba que fuera el mismísimo Pinzaslocas. Y mejor que fuera así, porque por allí quedaban algunos que aún no habían aprendido que no es necesario guardar rencor y tener mal carácter, por muy fuerte que un cangrejo te pellizque…

🏝 Un minuto para pensar…

A Pinzaslocas y a Vera les han ocurrido desgracias parecidas ¿Quién te parece que ha afrontado mejor su situación? ¿Cómo imaginas que habrá sido la vida de Vera? Probablemente Vera y el cangrejo dan importancia a cosas distintas ¿A qué crees que le ha dado más importancia cada uno para ser como son?

🏝 Una buena conversación

Comenta con tu hijo alguna vez en la que el rencor y el deseo de venganza hayan sido tan fuertes que te hayan llevado a hacer algo de lo que luego te hayas arrepentido, como apartarte de seres queridos. Y comenta también algún caso contrario, en el que haber sabido perdonar te haya hecho sentir mejor. Explícale cómo te sentías cada una de las veces, para que sea capaz de identificar esas situaciones y elegir la mejor opción.